Esto es una columna de opinión y, por lo tanto, voy a darles la mía. 9 jornadas nos separan de conocer al campeón de Liga 2024/25, el conjunto que se llevará el trofeo que premia, por encima de todo, la regularidad. Una competición que suele coronar con justicia al mejor equipo, porque en Champions o Copa del Rey, por muy bueno que seas, una mala tarde te manda para casa, pero aquí, tras 38 jornadas de disputa, el que levanta la copa es porque está por encima de los demás. No creo que haya dudas acerca del equipo que mejor juega, del que, aunque nos costara vaticinarlo a principio de temporada, es a día de hoy el gran favorito para añadir una nueva Liga a su palmarés. Pero claro, como no podía ser de otra manera, en lo que queda por delante puede hacer acto de presencia esa inseguridad patológica tan asociada siempre al temeroso culé sufridor.
No obstante, este año algo ha cambiado. El Barça tan solo aventaja al Real Madrid en tres puntos más el gol average particular, con lo que la competición parece tener un final de lo más incierto. Pero, a diferencia de otras temporadas, el equipo no transmite ningún tipo de nerviosismo. El pasado domingo, ante el Girona, tras un primer tiempo en el que el conjunto de Flick pudo haber sentenciado el choque antes del descanso, faltó la puntería de otros días. El que perdona lo acaba pagando reza el dicho, y así fue. Sin merecerlo, el cuadro de Michel igualó el marcador a los diez minutos de la reanudación, algo que antaño hubiera generado ansiedad en los jugadores y en la afición que llenaba Montjuic. Pero nada más lejos de la realidad. Los Lamine, Koundé, Pedri, Lewy y compañía siguieron a lo suyo, sabedores de que jugando como juegan era cuestión de tiempo que los goles acabaran cayendo.

El 4 a 1 final es una oda a la confianza. Una demostración de que este equipo, a pesar de poner sobre el verde a chavales que apenas tienen edad para sacarse el carnet de conducir, transmite tranquilidad a su público. En otras épocas, con una victoria momentánea por la mínima en el marcador, al seguidor culé no le quedarían uñas. Mientras que frente al Girona, con el 2 a 1 en el luminoso, el estadio se dedicaba a hacer la ola seguro de que la cosa iba a acabar bien. Y es que este Barça te atropella. Cuando tiene el balón lo monopoliza, lo mueve con velocidad y precisión para finalizar acción al llegar al área rival. Los ataques son constantes, las ocasiones se multiplican y, con ellas, también las opciones de marcar. Y si en una de esas circulaciones se pierde la pelota, se muerde hasta la saciedad por recuperarla, como si fuera la vida en ello. Una puesta en escena simplemente sublime.
¿Puede perderse esta Liga? Por supuesto. El Madrid está muy cerca en la tabla, tiene una gran plantilla y una delantera espectacular, si los blancos muestran su mejor versión de aquí a final de temporada son claros candidatos. El propio Barça puede volver a sufrir también un bache, como ya sucediera en los meses de noviembre y diciembre. Al fin y al cabo se trata de un equipo joven e inexperto, capaz de lo mejor y también de lo peor en un mismo curso. Pero a día de hoy da la sensación de que si este equipo no gana este título será más por demérito propio que por mérito del rival. No hay color ahora mismo entre azulgranas y merengues, en cuanto a juego, sensaciones y espíritu. Solo el FC Barcelona puede ganar por sorpresa una Liga que muchos adjudicaron prematuramente al Madrid de Mbappé, pero al mismo tiempo, solo el mismo Barça puede perderla. Toca confiar en lo primero.